sábado 28 de enero de 2012

Unos zapatos nuevos

En algún momento de mi niñez
dejé de amar el cine,
fue
una decisión pasiva, marcada
por un abandono casi inconsciente,
irreflexivo,
de una pasión infantil. Durante años
reivindiqué
la historia del mundo que había compuesto a partir de la literatura,
los viajes de otros
que hube de imaginarme por sus palabras,
a su través, ellas mediante, casi oliendo
el mal vino que debió haber bebido Poe
antes del mal momento
en el que unos desconocidos, que serían de ahí en adelante
unos de los villanos más irredimibles
de la historia del arte y la belleza,
le hicieron beber de aquel cáliz
en el transcurso de unas elecciones,
que podrían haber sido igual de felizmente corruptas
sin aquella tragedia. Vaya usted a saber
si, en Baltimore, aquel octubre,
sucedió lo que he procedido a relatarles.
Estas y otras historias
han caminado al lado de la historia de mi vida
y me incitan a viajes lejanos
hacia lugares que creo que conozco
y que, según sospecho, no me resultarán
del todo extranjeros.
A pesar de la literatura
-y de la música, la verdad sea dicha-, empecé
a sentirme solo, a pensar que nada me quedaba por hacer en esta tierra
donde sigo atravesando la noche
como un cuchillo que corta la carne,
y me volvió a gustar el cine
un día de esos de muchos años después
aunque no quede nadie
en la oscuridad, entre el bullicio,
que me pueda pisar unos zapatos nuevos.