jueves 17 de noviembre de 2011

Hacia La Montaña Mágica

Antes de que me arrastre
el tiempo a la montaña mágica
y allí viva un estado febril
que me arrebate de este pasar de los días,
por llamarlo de alguna manera,
debo confesar
que cometí algunos errores, fruto de mi juventud,
de mi inexperiencia
o de la inconfundible torpeza que algunos confunden
con mi esencia.

Amé demasiado,
lo hice en secreto, como un traidor,
a quien no puede imaginarlo. Confieso que lo haría
mil noches más, sin duda y en silencio,
tratando de componer un olor
que no soy capaz de evocar voluntariamente
pero insiste en volver a mí
en las circunstancias más absurdas. Busco
su respiración
en la oscuridad, trato
de rescatar algunas palabras
que me traigan a la mente quién era
y de dónde vino, ateniéndose a qué razones.

Viajé con prisa, olvidé el equipaje, derramé lágrimas,
partí (una vez y volvería a hacerlo),
me invité a beber solo, a hablar con extraños,
a pensar demasiado, esperé
sin saber muy bien a quién y hasta cuando,
dejé de viajar en tren,
renuncié a no tener memoria,
leí a Thomas Mann
y me atreví a creer, por encima de todas las otras cosas,
que aquellos ojos tártaros
esperaron al héroe más allá de la Gran Guerra,
si bien
mis esperanzas carecen de sentido de la probabilidad.

Cometí otros errores,
de los cuales
todos, hasta el último,
los debo a que amé demasiado.