Todo lo que echo en falta
está frente a la costa,
moviéndose con suavidad, fondeado, cerca de los acantilados
y los pueblos
desde los que nadie se fija
en el barco desde el que narro esta escena
mientras el viento encrespa el agua
aunque la tormenta se aleja,
dejando tras de sí
cabezas alborotadas, hojas caídas, una tranquilidad necesaria.
La tripulación duerme.
El tiempo pasaría,
esta escena
no iba nunca a repetirse. Cada vida
regresó a su dueño,
a la gran ciudad,
a la tierra donde has vivido
toda tu eternidad
o a la juventud, que mira
bien adentro
de una botella medio vacía
mientras lamento, con una melancolía
casi satisfactoria,
lo que no sé y no voy a saber nunca,
que no hubo
una noche más
en la oscuridad de aquella casa en la que a veces pienso,
que la existencia
nos hace, siempre, una oferta
que resulta insuficiente
y a la que nos aferramos, a pesar de todo.
A fin de cuentas,
lamento esta gran putada
para la que vine a nacer
en la que no habrá Arcadia
ni placidez
sino derrotas humillantes
y decepción
y pérdida
y la necesidad de aferrarse a la vida
para volver pronto al mar.
domingo 6 de noviembre de 2011
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