Una de las pasadas noches acogí el sueño extraño que paso a relatar.
Ocurría a la salida de alguna clase que había decidido -seguramente en noches anteriores- tomar en un barrio que había dejado de frecuentar. La noche había caído y, a diferencia de otros sueños, tomaba algo de irreal. Había algo parecido a una niebla tímida que no podía verse pero que me llenaba de frío. Me despedí de un amigo en el cruce de dos calles que estaba convencido de ir a poder situar para siempre en el mapa.
Decidí, como tantas otras noches, tomar una copa. Escogí la clase de bar en el que nadie iba a conocerme. Me senté en la barra, próxima a la puerta, el lugar estaba oscuro, tomé unos tragos. Fueron suficientes para que el bar fuera otro. Al fondo divisé a un conocido, no esquivé saludarlo. Mantuvimos una conversación, que no retuve, gritando al oído del otro. La música parecía haberse elevado, lo que no supe si considerar un inconveniente sin importancia o un hecho afortunado.
En el camino de regreso a la barra, topé con una mujer que conocía. La clase de mujer que me quiso un día y, más tarde, me abandonó. Terminó por odiarme, hubiera quemado mis libros a la mínima oportunidad. Supo por mis amigos que había empeorado de hábitos, que había algo que no me convencía del todo en la vida. Contesté con pequeños gestos. Me extrañó la pausa practicada en la indiferencia que había convocado hacia mí en los últimos tiempos. Le pregunté por aquel tipo con el que acabó por irse, un Esteves sin metafísica, sin duda, dije. Apuró su bebida, me vuelve loca, dijo. Añadió que yo no podía presumir de buen amante y que estaría solo para siempre. Me besó, reiteró lo dicho y se fue.
No hubo más incidencias. Encargué tres o cuatro bebidas más. Me comporté como un melómano, escuchando la música casi con ansiedad a base de temer su ausencia. Abandoné el lugar una vez me acerqué a perder el sentido. Caminé a mi casa, subí en ascensor al décimos, di dos vueltas a la llave y el perro ladró. Ese maldito perro, pensé en voz alta. Bebí agua, encendí la luz. Antes de acostarme, lo último que vi fue un ejemplar de las Memorias de Albert Speer, quien fuera arquitecto de Hitler en el Berlín de los años 30, acusado en Nuremberg y preso atormentado en Spandau. El mismo hombre que escribió el libro
que, a la mañana siguiente, como un dinosaurio, aún estaba ahí.
viernes 11 de noviembre de 2011
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