Había un ruido acaso, dos manos calladas,
una boca apuntando con el silenciador,
un vacío de unos cuantos
kilómetros,
y apenas un hilo de voz cansado
de intentar hacer escuchar
la tan evidente -en su opinión-
sencilla materia que lo empujaba.
Respiraba profundo entre saco
y saco de palabras que sentía dejar caer, un poco
delante de dónde habita el olvido,
y un poco detrás, de dónde
resuena el eco de lo que se oye,
pero no acaba de ser escuchado.
Hablaba
ya sin convicción de algo
que parecía volver a empezar
otra vez, como el pez que se muerde
la cola, porque ella nunca creyó que tuviera
que demostrarle nada.
viernes 4 de noviembre de 2011
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