En cierta manera, pasé mi juventud en Cuan Mó. Es cierto que fueron sólo algunas semanas de algunos veranos. Recuerdo el amanecer húmedo en la bahía, las islas desiertas y verdes en las que, en nuestra ensoñación salvaje, soñábamos con vivir algún día. Durante un tiempo que, jura el calendario, no fue tan largo, habitábamos en una isla. El nombre extranjero, que cada cual tenía para los otros, nos hizo existir en una fantasía de jóvenes marinos encontrados, que sólo existen en su palabra y tienen un pasado oscuro en puertos en los que no conocíamos a nadie.
Existía, en Cuan Mó, la rutina de la tormenta. Se formaba a partir del suelo, del aire oscuro, un remolino que rugía y azotaba nuestros barcos y seguía silbando en la noche mientras jugábamos al ajedrez durante eternidades. Bebíamos té todas las noches y nunca volvimos a hacerlo. Una mañana de Julio nos fuimos y nunca regresamos a ese lugar parecido al paraíso donde aún habita la tormenta.
domingo 13 de noviembre de 2011
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