Pasarán cincuenta largos años
y los niños nos preguntarán que qué es un árbol
y hablaremos largo y tendido del color verde,
que tal vez no exista ya entonces,
verde como lo es aún la montura de mis gafas
y la hierba creciendo siempre creciendo,
parecerán episodios de locura aquellos testimonios:
que en su corteza (¿y eso qué es, a donde ha ido?)
se grababan nombres,
a veces era real, otras
ni siquiera existía el árbol
y ante el asombro de todos
aseguraremos que no estaban ni nunca estuvieron
hechos de acero
y recorrian en largas hileras las avenidas
y que había algo entonces que llamabamos bosque o alameda.
Huídos todos los que escuchaban aquellas mentiras
de viejos locos alborotados y noctámbulos,
que dicen haber visto en una esquina del Kazajstan o del otro confin del mundo
una oveja y un gato persa,
esos seres de leyenda, qué disparate nadie cree en esas cosas,
encontraremos una semilla
-una auténtica semilla y soñamos entonces con palmeras, álamos, baobabs
o tal vez con la hierba solamente quién sabe-
en los bolsos de un abrigo roído y quebrado,
olvidado
porque sí.
lunes 2 de noviembre de 2009
martes 27 de octubre de 2009
untitled
Usas los bares de jazz
y el humo de esos bares lejanos
atraviesa la planicie y anida en las ventanas viejas
que pudren este cuarto
que es más fácil recordar como una caldera oscura
y sin ventanas
y es una herida abierta muy abierta en mi cansancio.
Usas Oslo, Roma y Barcelona
y yo los habito de una forma distinta, siempre a tu vuelta,
en los días ,domingos, sombríos de fútbol
y Credo en algunos lugares de la Tierra.
Usas el tiempo y mi biblioteca
convencida de su infinitud
o de que son tal vez un círculo.
Y en estos días
yo escucho jazz enlatado y escaso,
uso la esperanza, fabrico mi propio humo
y doy bastonazos inexistentes contra la mesa
de esos lugares que creo habitar pero no habito de ningún modo posible
y detesto la planicie, confundo las horas entre sí
(luego el tiempo es una esfera perfecta)
y aseguro atesorar recuerdos de campos de trigo
mientras hablo y nadie se da cuenta
de las espigas
como de rosas muertas en la carretera.
y el humo de esos bares lejanos
atraviesa la planicie y anida en las ventanas viejas
que pudren este cuarto
que es más fácil recordar como una caldera oscura
y sin ventanas
y es una herida abierta muy abierta en mi cansancio.
Usas Oslo, Roma y Barcelona
y yo los habito de una forma distinta, siempre a tu vuelta,
en los días ,domingos, sombríos de fútbol
y Credo en algunos lugares de la Tierra.
Usas el tiempo y mi biblioteca
convencida de su infinitud
o de que son tal vez un círculo.
Y en estos días
yo escucho jazz enlatado y escaso,
uso la esperanza, fabrico mi propio humo
y doy bastonazos inexistentes contra la mesa
de esos lugares que creo habitar pero no habito de ningún modo posible
y detesto la planicie, confundo las horas entre sí
(luego el tiempo es una esfera perfecta)
y aseguro atesorar recuerdos de campos de trigo
mientras hablo y nadie se da cuenta
de las espigas
como de rosas muertas en la carretera.
viernes 23 de octubre de 2009
Final alternativo al último poema
a Bolita
no te pierdas
ni un solo movimiento
pues
en cuanto
apartes la mirada
estaré
a tu lado
sin que puedas
darte cuenta
y entonces
nos
acordaremos algún día
con la misma nostalgia de esos pueblos del frío
de qué recuerdos míos
sobre tu frente y tus ojos y tu propia vida
me llevaron hasta ahí
para siempre
no te pierdas
ni un solo movimiento
pues
en cuanto
apartes la mirada
estaré
a tu lado
sin que puedas
darte cuenta
y entonces
nos
acordaremos algún día
con la misma nostalgia de esos pueblos del frío
de qué recuerdos míos
sobre tu frente y tus ojos y tu propia vida
me llevaron hasta ahí
para siempre
miércoles 21 de octubre de 2009
La enfermedad de los músicos de Rusia
Siente la enfermedad del cansacio
caer sobre los huesos grandes y débiles
frente a las colinas de papeles útiles o inútiles
que resisten la hoguera
y te ciegan y oscurecen la mirada,
acuérdate
de cómo el crujir de tu rabia
no te dejaba
escuchar a la orquesta oficial
de una de tantas ciudades soviéticas
que existieron hasta 20 años atrás
y ahora son la nostalgia de nuestros inmigrantes
que agradecen con un mirar húmedo, triste y fatigado
-sobre esos huesos cada día más largos y débiles-
la sola limosna
de esa veloz máquina de color
que es el oído humano.
A pesar de estos síntomas,
acéptame en tus costumbres nunca repetidas,
ponme a vivir
en tu pequeña biblioteca
o en tu balcón
detalla mi posición en el mapa
y no te pierdas de mí
ni un solo movimiento
pues
estaré a tu lado cuando vuelvas la mirada.
Recordaremos días más tarde, miles y miles de días más tarde
-cuando tal vez
la Coca Cola ya se haya extinguido-
con la misma nostalgia de esos pueblos del frío
lo que nos llevó a doblar la esquina
de la Catedral con una calle oscura
aquel frío entonces
sin música
aún.
caer sobre los huesos grandes y débiles
frente a las colinas de papeles útiles o inútiles
que resisten la hoguera
y te ciegan y oscurecen la mirada,
acuérdate
de cómo el crujir de tu rabia
no te dejaba
escuchar a la orquesta oficial
de una de tantas ciudades soviéticas
que existieron hasta 20 años atrás
y ahora son la nostalgia de nuestros inmigrantes
que agradecen con un mirar húmedo, triste y fatigado
-sobre esos huesos cada día más largos y débiles-
la sola limosna
de esa veloz máquina de color
que es el oído humano.
A pesar de estos síntomas,
acéptame en tus costumbres nunca repetidas,
ponme a vivir
en tu pequeña biblioteca
o en tu balcón
detalla mi posición en el mapa
y no te pierdas de mí
ni un solo movimiento
pues
estaré a tu lado cuando vuelvas la mirada.
Recordaremos días más tarde, miles y miles de días más tarde
-cuando tal vez
la Coca Cola ya se haya extinguido-
con la misma nostalgia de esos pueblos del frío
lo que nos llevó a doblar la esquina
de la Catedral con una calle oscura
aquel frío entonces
sin música
aún.
miércoles 14 de octubre de 2009
25 de Abril
Confundimos entonces
aquello con el puente de Brooklyn y lo confundiremos
de forma muy voluntaria,aún
sabiendo que son así, en todo modo, los gestos de amor
y la épica, que
así sostenemos nuestras calaveras vacías,
vacías y sin un nombre que las posea
pues
son sus cerebros,
esos órganos de perdición que evocan el jamon de York y las bicicletas de la infancia
absolutamente pringosos y fantásticos
(tubos por los que corre la música, así son
todos los órganos),
el baúl gris del ingenio y la locura, que es como decir del ingenio y nada más,
en su nombre se adivinan
y evocan dioses en nombre del viento
o los gatos
que van rápidos,
solo así y de ningún otro modo,
entre el cielo y nuestras cabezas
y
que no podrán caer del otro lado
mientras visiten
los sueños
que compartimos
desde hace muchos siglos sin saberlo
así,
en voz baja.
aquello con el puente de Brooklyn y lo confundiremos
de forma muy voluntaria,aún
sabiendo que son así, en todo modo, los gestos de amor
y la épica, que
así sostenemos nuestras calaveras vacías,
vacías y sin un nombre que las posea
pues
son sus cerebros,
esos órganos de perdición que evocan el jamon de York y las bicicletas de la infancia
absolutamente pringosos y fantásticos
(tubos por los que corre la música, así son
todos los órganos),
el baúl gris del ingenio y la locura, que es como decir del ingenio y nada más,
en su nombre se adivinan
y evocan dioses en nombre del viento
o los gatos
que van rápidos,
solo así y de ningún otro modo,
entre el cielo y nuestras cabezas
y
que no podrán caer del otro lado
mientras visiten
los sueños
que compartimos
desde hace muchos siglos sin saberlo
así,
en voz baja.
domingo 4 de octubre de 2009
El viejo truco del Rock&Roll
Todo está mejor en el aire,
que parezca que no está pasando nada.
Quitarle todo el poder a la boca
y dejar que no se entiendan,
y se confundan las miradas.
Lo más fácil es tener miedo,
miedo por costumbre,
al tiempo, al fracaso.
Desde que aprendí a no perder nunca,
me encanta tener miedo
y nunca hacerle caso.
Y mientras, vivo tirando
con el viejo truco del Rock&Roll:
mirarme al espejo -tienes algo-,
quererme un poco,
y pintar sonrisas a mi alrededor.
Sé que nunca llueve a gusto de todos,
y menos a mi favor.
Volveré a perder mil asaltos.
Y mientras todos se consumen pensando,
yo me dedico a bailar
como si nadie me estuviera mirando.
que parezca que no está pasando nada.
Quitarle todo el poder a la boca
y dejar que no se entiendan,
y se confundan las miradas.
Lo más fácil es tener miedo,
miedo por costumbre,
al tiempo, al fracaso.
Desde que aprendí a no perder nunca,
me encanta tener miedo
y nunca hacerle caso.
Y mientras, vivo tirando
con el viejo truco del Rock&Roll:
mirarme al espejo -tienes algo-,
quererme un poco,
y pintar sonrisas a mi alrededor.
Sé que nunca llueve a gusto de todos,
y menos a mi favor.
Volveré a perder mil asaltos.
Y mientras todos se consumen pensando,
yo me dedico a bailar
como si nadie me estuviera mirando.
lunes 28 de septiembre de 2009
lisboa septiembre lisboa septiembre
El día que ella (alguien que lleva tu nombre)
se fue de Lisboa
cayó una noche
que quisiera llamar siempre
la noche Fría y Oscura de los tiempos
porque así la recuerdo (así como no era ella, es decir, tú)
así y terriblemente en silencio
como velando el alma negra de la ciudad atlántica,
algo que llamábamos música entonces -música muy brasileña-
y dejó más tarde la ciudad vacía y larga,
como un cuerpo que mira a las aguas del Tajo sin irreverencia
clavando la vista
en unos ojos por encima de todas las cosas.
Más tarde
solo sé que cerré con una llave que solo yo sé que existe
la habitación que llamamos nuestra
porque sabía de bichos enormes y de colores oscuros
que con tu marcha pensaban visitarme en la noche
y clavarían por cien veces mi vientre
antes de trepanar mi mente a todas luces débil
en la Oscura y Fría
noche. Es por ello que escribo en un papel
lisboa, lisboa, septiembre, lisboa, septiembre,
es una de las formas
de decir que el amor es un tranvía
que raya suavemente los caminos
(que son, por fortuna, totalmente inescrutables)
a la luz de la memoria
se fue de Lisboa
cayó una noche
que quisiera llamar siempre
la noche Fría y Oscura de los tiempos
porque así la recuerdo (así como no era ella, es decir, tú)
así y terriblemente en silencio
como velando el alma negra de la ciudad atlántica,
algo que llamábamos música entonces -música muy brasileña-
y dejó más tarde la ciudad vacía y larga,
como un cuerpo que mira a las aguas del Tajo sin irreverencia
clavando la vista
en unos ojos por encima de todas las cosas.
Más tarde
solo sé que cerré con una llave que solo yo sé que existe
la habitación que llamamos nuestra
porque sabía de bichos enormes y de colores oscuros
que con tu marcha pensaban visitarme en la noche
y clavarían por cien veces mi vientre
antes de trepanar mi mente a todas luces débil
en la Oscura y Fría
noche. Es por ello que escribo en un papel
lisboa, lisboa, septiembre, lisboa, septiembre,
es una de las formas
de decir que el amor es un tranvía
que raya suavemente los caminos
(que son, por fortuna, totalmente inescrutables)
a la luz de la memoria
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